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La derrota moral de México y las elecciones

Actualmente en México estamos viviendo una transición histórica que alcanza la dimensión de una derrota moral del país porque incluye una conjunción de añejas pérdidas y resentimientos, entrelazados en una estela de herencias también ancestrales que tienen claras y visibles manifestaciones que han aflorado con violencia inusitada en años recientes.

Dice la teoría en la ciencia política, y la historia está repleta de ejemplos que lo comprueban, que todo vacío de poder acaba siendo ocupado por algo o por alguien, al igual que ocurre en el mundo físico, cuando un espacio carece de materia.

La realidad política por la que transita la nación mexicana parece ofrecer otro ilustrativo ejemplo.

En este caso, el vacío ha sido resultado de un deterioro gradual, diverso y sostenido en la gobernabilidad del país cuyas manifestaciones más visibles se han revelado con claridad en las recientes campañas políticas. En el nivel más alto de abstracción se trata de una agudización y crisis de la desigualdad acumulada, que ha acompañado la filosofía política de nuestro país los pasados doscientos años desde que obtuvo su independencia en septiembre de 1821, marcada por profundas raíces que el autor de estas notas llama la «huella colonial».

El concepto de «huella colonial» lo caracterizo como los efectos y consecuencias, duraderas y multidimensionales sobre la gran mayoría de las civilizaciones existentes en el continente, como un legado de la conquista y el subsecuente, control político y dominio colonial europeo sobre las civilizaciones originales del Nuevo Mundo.

Esa huella en tierras de América se manifestó en la destrucción y/o reemplazo de instituciones esenciales de toda civilización: la familia, el idioma, la religión, la propiedad, el derecho y la desaparición física de las élites gobernantes, religiosa, militar y educativa. Así como se produjo esa simbiosis y el llamado «sincretismo religioso», el período colonial tuvo consecuencias psicológicas sobre el encadenamiento de las transfiguraciones históricas: conquistador-padrastro-amo-virrey-padrecito-dictador-emperador-revolucionario-presidente-yuppi, todas ellas sin solución de síntesis, al igual que la máscara oculta y contradictoria de la «visión de los vencidos» cuya desgarradora destrucción, nunca reivindicada, generó también de manera perdurable, la contracara de la violencia-venganza-latente, presente desde la Alhóndiga de Granaditas hasta las atrocidades de los templarios, zetas, guerreros unidos, etc.

Los temas anteriores se encuentran entrelazados en el binomio poder político y económico, que se ha venido reproduciendo a su vez en un encadenamiento conquistador-encomendero-religioso-criollo-hacendado-minero-modernizador-positivista-revolucionario-priista-empresario nacional y extranjero-partidos-líderes, pero en este caso, con soluciones de continuidad en los grupos o clases que han controlado los dominios político y económico.

Por ello lo que estamos testimoniando, no es sólo el triunfo de un líder de determinada orientación política –populista, anti sistémico, continuista o de cualquier otro color por sus propuestas— sino la derrota en tantos ámbitos de la vida nacional durante el último tramo histórico que arrancó en la Revolución iniciada en 1910. En ese periodo los sucesivos gobiernos llenaron las aspiraciones de cambio de ese entonces y pueden lucir indudables éxitos en todas las esferas, pero dialécticamente también fueron dejando manchas de ineficiencia, incumplimiento de la ley, aumento en las desigualdades que se han ido encadenando unas con otras, creando así el vacío de poder que las coaliciones políticas recién formadas quieren llenar.

La corrupción, el narcotráfico, el lavado de dinero, el amasiato entre política y crimen organizado, la ausencia de un estado de derecho efectivo y la impunidad chica mediana, grande y gigantesca, son fenómenos que, combinados, muestran la incapacidad del Estado mexicano para revertirlos. El resultado ha sido: contar sólo con una utopía legal y jurídica; una extendida y diversificada delincuencia imparable y una cadena de gobiernos ineficaces --independientemente del color de los partidos— que han consolidado un Estado disfuncional a nivel nacional y fallido en varias regiones importantes. Todo mexicano medianamente informado, sabe que lo que sucede en Guerrero, Oaxaca, Michoacán y Sinaloa y regiones colindantes, se debe a la impunidad, la tolerancia al error y la falta de cumplimiento de los planes y programas federales, estatales y municipales, que poco se sancionan y explican, en parte, la continuidad de esa ineficacia de las autoridades.

Los fracasos han sido apabullantes, tanto a nivel político cuanto a nivel económico y social, al igual que son parte del desencanto de la sociedad que ya, en voz muy alta, exige mejorar las instituciones y su disfuncionalidad la cual hasta parece que se está cultivando, pues brota y florece por todas partes y ha aumentado en cantidad y calidad.

La persistencia ancestral de la ignorancia, la ofensiva desigualdad, la impunidad cada vez más descarada y la ineficiencia de las instituciones abona la idea de que México es un país en papel, con excelentes leyes, detallados reglamentos y generosos presupuestos que mantienen una gigantesca burocracia, con un solo defecto: las leyes no se cumplen, los reglamentos no rinden sus frutos en la entrega de la seguridad, la medicina social, la educación, así como muchos de los servicios que deben proporcionar los servidores públicos. Nadie -o muy pocos— rinden cuentas verdaderamente.

Después de la Revolución en 1917, teníamos una Constitución llena de historias pioneras en varias materias como la laboral u otras. Pero durante siglos hemos acumulado el deterioro «hormiga», en muchísimos planos grandes, medianos y chicos, desde el “No estacionarse” hasta la evasión de impuestos, desde el cobro por el servicio de recolección de basura en muchas partes de la ciudad de México hasta la contaminación y destrucción o descuido de grandes áreas naturales.

Por ello están pendientes de explicarse los grandes y numerosos casos de corrupción, de lavado de dinero, de despilfarro de los fondos públicos que provienen de los impuestos que pagamos los mexicanos o se originan en la venta de los recursos naturales propiedad de la nación, es decir de todos los ciudadanos donde caben varios recursos además del petróleo. De las ineficiencias administrativas, nadie responde y la sociedad se queda esperando las explicaciones que merece.

Ahí estriba el surgimiento de mini partidos, movimientos y frentes con todo tipo de líderes que ofrecen llenar esos vacíos con soluciones, utópicas y casi mágicas, o simplemente promesas huecas, como lo venimos escuchando y leyendo a través de la publicidad que hacen durante las campañas rumbo a las elecciones.
El resultado de todo lo anterior no es nada alentador para el país, aparte de haber generado una creciente ola de sospechas, críticas y descrédito internacional que tiene las dimensiones de esta derrota moral de la nación.

La impunidad también es de viejísimas raíces: comenzando con la huella colonial; el caos del México independiente con sus invasiones y pérdida de más de la mitad del territorio; la Revolución Mexicana que incumplió muchas de sus metas; el largo período priista y el sueño panista de poder hecho realidad, que acabó destruyendo una leal oposición cuando la ciudadanía le otorgó la confianza para gobernar.

Pero veamos la ignorancia. Nadie en su sano juicio puede defender que hoy en día México ocupa los últimos lugares en materia de evaluación educativa en el mundo, pues muchos estudiantes demuestran que no comprende lo que leen y todavía más aún no pueden resolver problemas básicos de aritmética. Y otra vez estamos ante la huella colonial, acumulada durante los más de dos siglos siguientes. Los pueblos originarios –que eran la mayoría de la población— no estudiaban durante el sistema colonial español, solo estaban sujetos a la catequesis que les dio una falsa salida inmersa en el fanatismo religioso, el horror al conocimiento científico, el rechazo a la crítica honesta sobre las prácticas religiosas y, en fin, la persistencia de la espada-cruz conquistadora encubierta de evangelización. Durante todo el siglo XIX no se pudo corregir esa terrible falla social e institucional, por lo fue hasta después de la Revolución Mexicana, que se trató de buscar una solución al analfabetismo que lindaba el 85% de la población total. Más de un siglo después, todavía millones de mexicanos no saben leer ni escribir y ocupamos uno de los últimos lugares en becarios nacionales en el extranjero. Por eso un periodista decía que México exportaba trabajadores, pero no becarios.

Todos nos enteramos de que los normalistas --«maestros» como se les llama en México a los profesores de educación primaria y secundaria— acumularon un insólito poder a través de su organización sindical que acabó siendo una de las fuentes de poder en el país, adjunto al cual, vinieron ipso facto, la corrupción y la falta de profesionalismo, que dio al traste con el sistema educativo nacional público. La reforma educativa es sin duda perfectible, pero ha abierto una esperanza que de todas formas tomará décadas para comenzar a recuperar lo perdido.

En este marco de la complejidad nacional, la ventaja que mantiene el candidato del frente Juntos haremos historia en prácticamente todas las encuestas, no es representativa de las soluciones que ofrece ni de su sabiduría, sino que confirma los vacíos de poder que han ido dejando los gobiernos en los últimos cien años. Los déficit están en todas las áreas de la desigualdad nacional, sea justicia, democracia o riqueza.

Las numerosas manifestaciones negativas de esa desigualdad que se mencionan durante las campañas políticas, son la suma de los reclamos, el enojo y el hartazgo de una sociedad polarizada y en vilo, que se expresan a su vez en las encuestas sobre la baja aprobación que tiene el Presidente actual, el partido al que pertenece y, quiérase o no, el candidato del PRI por el frente Todos por México.