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Tiempos de cambio II

Ahí no pararon los cambios, pues en Asia, la República Popular China en el ala socialista hasta entonces, comenzó la gran transición productiva hacia un nuevo modelo proto capitalista bajo la égida del partido comunista. En alrededor de cuatro décadas esa nación se fue convirtiendo en la gran fábrica del mundo, mediante el aprovechamiento de la mano de obra altamente competitiva y de bajo costo que universalizó las cadenas regionales y globales de valor, que han llevado a esa gran nación a mantener un permanente superávit comercial con los Estados Unidos. Las empresas multinacionales, trasladaron su manufactura a ese pero también otros países como uno los mecanismos de reducción de costos con altos volúmenes de producción para cubrir la demanda mundial.
Los consorcios internacionales, desde fabricantes de equipo de cómputo, zapatos y ropa deportiva, hasta las franquicias de comida rápida se expandieron por todo el planeta, acompañados del nuevo modelo de negocios de apertura comercial y financiera envueltos en el modelo neoliberal del famoso Consenso de Washington, que auguraba una era de desarrollo para todos quienes entraran al juego de la globalización. Y efectivamente el comercio internacional recibió un impulso que generó esperanzas en muchos países en desarrollo, algunos de los cuales fueron distinguidos con el nuevo título de «emergentes», que dejaban atrás el inconcluso patrón de industrialización y sustitución de importaciones que defendieron y apoyaron las mismas instituciones financieras multilaterales durante la primera parte de la II posguerra. Así comenzó el nuevo reinado de la mano invisible que fue reconstruyendo poco a poco la vieja estructura del comercio desigual con los emergentes como proveedores asiduos de las materias primas y compradores de bienes industriales de alta tecnología. Una de esas manifestaciones fue la avidez de China por la importación de materias primas básicas y la exportación de bienes cada vez más sofisticados, país que acabaría defendiendo el libre comercio frente a las recientes tendencias proteccionistas y aislacionistas del presidente 45 en la Casa Blanca.
Como parte de esa vuelta a las «virtudes» del capitalismo, la antigua Unión Soviética experimentaría el derretimiento –pacífico, por cierto— no sólo de la dictadura del proletariado en Rusia, sino en todo el temido bloque que se ocultaba detrás de la «cortina de hierro». El muro de Berlín caía y con él terminaba una época que abrió otro frente en el desmantelamiento de uno de los dos polos antagónicos de la Guerra Fría, cuyo subproducto fue la descolonización de los países del Este y Centro de Europa. Todos ellos, ni tardos ni perezosos se volcaron a la invitación que les venía haciendo el visible bienestar capitalista de la Unión Europea contrastante con el gris e ineficiente socialismo. El caso más destacado fue Alemania cuyo destino como la potencia europea que es hoy, se comenzó a escribir con su unificación. El muro no sólo separaba a Europa o a los dos sistemas, sino que separaba a Occidente, como les fascina llamarse a los países desarrollados allá y al otro lado del Atlántico.
Desde su instauración a fines de la década de los setenta, el neoliberalismo fue tomando fuerza con los patrocinios de R. Reagan y M. Thatcher, apoyado por la nueva política económica proto capitalista en el sistema socialista del sucesor de Mao Tse
Tung. Efectivamente Teng Xiaoping impulso la más profunda transformación en la civilización china, que llevó al país a ser el gigante productivo que es hoy en día con tasas de desarrollo impresionantes y cambios espectaculares en el bienestar, para no hablar de la consolidación de esa nación como una superpotencia militar. Además, mediante el inteligente uso de su poder suave –hasta ahora— ha logrado liderar su presencia no sólo en los países desarrollados, sino en especial en las regiones de Asia, África y América Latina utilizando diversos mecanismos financieros y organizaciones multilaterales entre otros los BRICS.
Asociado a la expansión del comercio y al boom de la operación de las cadenas globales y regionales de valor, a la transnacionalización de la mano de obra mediante producción en más de un país, o vía migración, se comenzó a modificar paulatinamente la concentración de la riqueza tanto a nivel global como a nivel de los países individualmente. Con ello se está revirtiendo la tendencia de las primeras décadas de la II posguerra, fenómeno que provocó también la especulación financiera que terminó con una crisis económica y financiera al final de la primera década del presente siglo. Prácticamente todos los países experimentaron alguna afectación en su crecimiento y regiones enteras como la Unión Europea, tuvieron que enfrentar reacomodos financieros frente al sobre endeudamiento de varias economías –como las de Europa del Sur— que afectaron la salud de toda la eurozona. En ese momento, muchos gobiernos reflexionaban sobre las verdaderas bondades de la mano invisible y las consecuencias de la hiperglobalización y se decidieron por echar mano de la vieja intervención estatal, no necesariamente keynesiana, pero sí como uno mecanismo para no alargar el deterioro y las visibles muestras de la desigualdad.
En ese entorno de post Guerra Fría, advenimiento del neoliberalismo, resurgimiento de la civilización china y la globalización galopante, no se debe pasar por alto la saga de Medio Oriente impregnada de sangrientos y costosos conflictos militares, control de recursos petroleros y la creciente radicalización del islam como se constató durante la Revolución en Irán. Se tiene que recordar que en esos escenarios se sembraron muchas semillas de las que hoy se cosechan los frutos, comenzando con el conflicto entre Irán e Iraq que dominó prácticamente la década de los años ochenta, se extendió luego a la invasión iraquí sobre Kuwait, en un largo proceso que incluye la explosión de las torres gemelas en Nueva York y la aplastante respuesta de la coalición de países contra Iraq y la ejecución de su líder, que se extiende en un conflicto interminable.
Se pensaba que esos poderosos vientos de cambio serían el preludio de que esa región del mundo abrazaría las «virtudes» y valores occidentales que habían derrotado al comunismo soviético. Medio Oriente y África del Norte, tan cerca de dios y de la Unión Europea fácilmente se interesarían en adoptar la democracia occidental como se especulaba que podría suceder, como resultado de las rebeliones y manifestaciones populares en los países esa región que se recuerdan como la Primavera Árabe que fueron recorriendo Túnez –donde surgieron— y se extendieron por Libia, Egipto, Yemen, Siria y Bahréin. Además, se registraron en Marruecos, Iraq, Argelia, Irán, Líbano, Jordania, Kuwait, Omán y Sudán y en menor medida en Djibouti, Mauritania, Palestina, Arabia Saudita y el Sahara Occidental.
Los efectos de esas expresiones –principalmente locales— no exentas de influencias externas, han sido dramáticos y de larga duración. Para unos significó la derrota de los dirigentes, como el caso de Egipto, donde no sólo se cambió y enjuició al presidente, sino que se consolidó la fuerza del islam. En otros casos, la intervención externa derrocó militarmente al carismático líder libio y, en el caso de Siria, seguimos testimoniando los espeluznantes bombardeos de ciudades, con el desplazamiento de millones de seres humanos cuya única salida es cruzar el Mare Nostrum, para refugiarse en los estados europeos que, con dudas, reticencias les permiten el acceso, en esos éxodos en los que no siempre salvan sus vidas.
Cambios acumulativos de procesos geopolíticos complejos, que han puesto a prueba los propios valores occidentales en Europa, que se ha dividido en la respuesta humanitaria que ya había entrado en crisis desde antes, cuando los miembros de la Unión Europea abandonaron el humanitario multiculturalismo de la época de las vacas gordas, para internarse en una política menos tolerante que rechazaba la migración que no se asimilaba, las manifestaciones externas del atuendo de las mujeres musulmanas y, lo más grave, las expresiones claramente racistas, la construcción de muros y vallas de contención para los refugiados y las cuotas de distribución de los mismos. Inclusive este fue uno de los argumentos detrás de los agravios ingleses quienes no estaban dispuestos a aceptar un mayor número de refugiados, cuando la Gran Bretaña propuso el divorcio con la Unión Europea; el famoso BREXIT, que se sometió a referéndum en 2016.
Mezclar una economía en crisis con la migración no deseada y adornarla con divisiones internas, no ha dejado un saldo positivo, sino un sentimiento de molestia progresivo en un continente que goza de buena salud en su bienestar y que atraviesa por una etapa de hedonismo consumista, educación de alto nivel, seguros de desempleo, avance científico tecnológico envidiable, alimentación cultural de la mejor del mundo, en fin, la Europae pax. Pero ahí mismo, también ha renacido el fascismo y el nazismo que se empezó a expresar tibiamente en las urnas pero alertó a las añejas democracias, así como a las más recientes. Baste recordar que España fue una dictadura hasta la muerte del generalísimo en 1975 y que los ex socialistas apenas dejaron atrás el sistema totalitario hasta después de la caída del muro en 1989. Francia, Holanda, Hungría, España y Alemania son muestras de ese reposicionamiento conservador, anti inmigrante y anti islámico o alguna de esas combinaciones ideológicas que ya acarician su acceso al poder por la vía democrática, por cierto.