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Tiempos de cambio I

Decía el maestro Jesús Silva Herzog (1892-1985) en sus clases de historia del pensamiento económico que “Lo único que no cambia, es que todo cambia”. En otra época, Albert Einstein había dicho que “no hay teoría eterna en la ciencia”.
Los cambios sociales se gestan en las civilizaciones y culturas con diferentes manifestaciones, velocidades y amplitud. Algunos son graduales, otros son abruptos y violentos, pero ninguno surge por generación espontánea, pues tienen causas originarias, son acumulativos e irreversibles.
Constituyen fenómenos multidimensionales y tienen distintos ritmos y velocidades de adopción, desde los primeros hasta los últimos adoptantes, además de ir acompañados de grados variables de aceptación, rechazo o indiferencia.
Tocan áreas de la vida cotidiana, pero no se revelan siempre con claridad. Por el contrario, se confunden con modas, diferencias generacionales, progreso o simplemente novedades, pero siempre son una expresión de la filosofía política de los Estados constituida por el poder y la democracia, el derecho y la justicia y la riqueza y su distribución.
A su vez, los cambios en las diferentes esferas sociales los estamos viendo pasar ante nuestros ojos desde hace décadas en un largo tramo de transición que no sabemos cuándo ni cómo terminará.
Además, esas transformaciones a nivel planetario y nacional están interconectadas de tal manera que se replican en las distintas sociedades y culturas y tienen consecuencias diferenciadas en cada una de ellas.
La explicación sobre la génesis de estos cambios será difícil de que alcance consenso, como ha sucedido con las interpretaciones de las grandes transformaciones políticas, económicas o sociales que registra la historia contemporánea. No hay acuerdo sobre las causas del modernismo, pero sabemos que afectó en gran medida a la sociedad mundial.
Lo que sí nos enseña la Historia es que los imperios surgen se expanden y se transforman, como consecuencia de cambios endógenos y exógenos. Grecia y Roma son dos ejemplos irrefutables.
El siglo 20 está en el centro de la transición que estamos testimoniando. Fue el ocaso del imperio inglés que dominase el siglo previo y el ascenso firme y apabullante de la nueva potencia al otro lado del Atlántico, los Estados Unidos de América que alimenta su hegemonía durante las dos guerras mundiales y extiende su dominio mundial luego de la derrota del fascismo y militarismo europeo y asiático.
La ansiada paz nace amenazada pues décadas antes, el mundo ya había sido dividido en dos sistemas políticos, económicos e ideológicos desde el triunfo de la revolución bolchevique en Rusia, que comparte el podio de los vencedores y que años más tarde se convierte en uno de los actores del famoso mundo bipolar que alimentó la guerra fría durante décadas.
Fue igualmente un período de construcción de las instituciones internacionales que habían fracasado en el período de entreguerras y la creación en Bretton Woods de un orden económico mundial –monetario, financiero y comercial— dominado mayoritariamente por los Estados Unidos. Este nuevo esquema, con todos los defectos conocidos, subsiste hasta nuestros días y se resiste al cambio que está sucediendo.
Con frecuencia se olvida que, en paralelo a la emulación nuclear entre las potencias, se llevó a cabo la segunda gran descolonización en Asia, África y en algunas partes de América Latina, entretejida ideológicamente con la Guerra Fría, que dio lugar al surgimiento de nuevos estados que engrosaron las filas la comunidad internacional y se convirtieron ipso facto en sujetos de crédito de las instituciones financieras. Tres décadas después del fin de la IIGM; se habían independizado casi cien territorios y enormes posesiones europeas colonizadas en distintos momentos como India, Egipto, Indonesia, Nigeria y Kenia, entre muchos.
Pero, como dice Paul Bowles, “el hombre cree que todo dura para siempre”. Y así sucedió con el sistema monetario que sólo quince años después de la creación del Fondo Monetario Internacional, la potencia americana abandonaría el patrón oro, sustento esencial del sistema de pagos ideado por Keynes y White en Bretton Woods. Y en secuencia, irrefrenable, las llamadas crisis del petróleo, es decir la elevación de los precios de una de las fuentes de energía que movían al mundo.
Continuará