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Sismo y cisma

En el mes de la patria, el centro del país, incluyendo su capital, la Ciudad de México, fue golpeado por la naturaleza, lo que provocó importantes daños físicos, económicos y sociales, particularmente el sismo del 19 de septiembre día en que se recordaba, irónicamente, el otro terremoto de 32 años antes.

Al igual que en el distante 1985, frente a esa tragedia afloró en la sociedad mexicana lo mejor y lo peor del país. Las grandes muestras de solidaridad se hicieron patentes desde los primeros momentos del propio sismo, pero también la persistencia de la visible y ancestral desigualdad, la sombra más destructiva de la
corrupción y la ilegalidad que quedó de relieve en numerosas construcciones que se colapsaron por fallas en su estructura y falta de cumplimiento de las normas de construcción, sólo explicables por la tolerancia y complicidad de autoridades de diferentes niveles.

Sin embargo, otra de las consecuencias de las más de seis mil réplicas de los sismos, ha sido el cisma que ha provocado en el territorio político inmerso en la inercia de las elecciones del 2018 dominadas por la sucesión presidencial, los cambios en el poder legislativo, gobernadores de varios estados, incluyendo la Ciudad de México, y muchos puestos de elección. Ahí también hubo víctimas, daños estructurales, derrumbes, grandes fisuras y muchos damnificados.

La ciudadanía enfrentará unos comicios de importancia histórica porque hemos llegado a un punto de inflexión que revela la desigualdad con una claridad meridiana. Estamos frente a tres grandes crisis: en el poder y la democracia, en el derecho y la justicia, y en la riqueza y su distribución, que una vez que se levantó el polvo de los derrumbes y los enormes costos de la reconstrucción, dejó ver la fea cara de la partidocracia que dispondrá de una inmensa cantidad de recursos que colocan a nuestro país como el que paga con dinero de los contribuyentes el financiamiento público a partidos políticos más caro del mundo.

En medio de la muchas veces generosa respuesta popular y las muestras de solidaridad, los partidos políticos quisieron salir al frente y mostrar su carita feliz con la danza de los millones –de nuestros impuestos— que ofrecían para la reconstrucción. ¿Quién da más? Al final de cuentas, no se ha llegado a ningún acuerdo, pero los dirigentes que quisieron dar el espectáculo de un supuesto desprendimiento acabaron enseñando la mezquindad de sus verdaderos intereses. Además, se escucharon algunas voces a favor de reducir la dimensión del poder legislativo que se ensanchó hace cuarenta años para que participaran todas las fuerzas políticas en proporciones equitativas y sólo ha creado enormes presiones presupuestarias, pocos beneficios a la democracia y al ejercicio del poder y una maquinaria bien aceitada de la corrupción.

En el momento político actual los mexicanos no estamos satisfechos con los resultados de las políticas para combatir la inseguridad que toca a todos los ciudadanos. Igualmente experimentamos día con día, el enorme fracaso en el control de la corrupción, como se dice oficialmente en los tres niveles de gobierno. La administración pública no cumple con sus responsabilidades y vemos los daños en todo lo que debería administrar con eficiencia. El caos vial luego del sismo del 19 de septiembre podría ser explicado por las obvias razones del derrumbe de edificios y casas, fallas en el suministro de energía eléctrica, movilidad excesiva
de quienes querían regresar a sus domicilios, etc., pero en el caso de la Ciudad de México el caos vial es el pan de cada hora, el pavimento no se repara y muchas otras torturas diarias confirman que la administración no ha estado a la altura de esta antigua ciudad de los palacios.

Vienen a cuento aquí, los socavones que han revelado las filtraciones en el subsuelo debido a las roturas y fisuras en las tuberías que distribuyen el agua en la ciudad y que obviamente no han recibido el mantenimiento debido en muchos años, fenómeno que está asociado a las inundaciones en casi toda la ciudad de
México. En otras palabras, la administración es disfuncional.

Ese cisma afectó en particular a los partidos políticos que no supieron cómo responder ante la emergencia inicial y con el paso de los días fueron tomando conciencia que no sabían qué hacer y por eso se sacaron de las enormes reservas demagógicas que acumulan, la solución obtusa de utilizar los enormes recursos públicos para la reconstrucción, claro bajo el viejo truco del reparto de “apoyos” para conseguir votos.

El cisma reveló también otras brechas y debilidades intrapartidarias que se tratan de cerrar con mezclas ideológicas de colores desteñidos que hasta hace poco tiempo eran impensables e irreconciliables, tratando de imitar ideas frentistas que en otras partes sí fueron viables. Eso recuerda el irónico chiste de Groucho Marx, quien decía, “pues estos son mis principios … pero si no les gustan, aquí tengo otros”. De los diez o más candidatos independientes, una buena proporción viene de las profundas divisiones internas y la polarización ideológica de los partidos.

Por ello, el cisma político que provocó el sismo representa un desafío para todos los partidos, porque los ciudadanos exigiremos no sólo soluciones a los tres problemas de la desigualdad que forman la filosofía de cualquier estado, sino también a atender y resolver la reconstrucción, particularmente en las entidades más dañadas por el sismo.

Y quedan muchas interrogantes. A continuación, algunas de ellas: ¿Este país que se ubica como la décimo quinta economía del mundo, no tiene la capacidad científico-técnica para resolver de manera definitiva los sistemas de
construcción en los estados que se ubican en las zonas altamente sísmica? ¿No contamos con profesionistas para edificar casas –rurales y urbanas— que diseñen los ingenieros y arquitectos mexicanos con materiales que ofrezcan una estructura y resistencia antisísmica?

¿Las instituciones públicas de la vivienda no pueden destinar recursos a la investigación y desarrollo en combinación con las universidades y entidades de la infraestructura científico-técnica del país para esos fines?

¿No se pueden poner candados a la construcción deficiente de casas y edificios mediante la vinculación a los sistemas de financiamiento y seguros de tal forma que el cumplimiento de las reglamentaciones de construcción tengan la doble protección de una edificación confiable e igualmente avalada por un seguro de daños?

¿No se puede legislar que los Estados del país no puedan comprometer sus ingresos futuros mediante créditos bancarios para que en cualquier momento puedan hacer frente a este tipo de emergencias como sucedió ahora?

¡Los expertos me dicen que sí se puede!